viernes, 18 de enero de 2013

EVA & ADÁN, 24 horas en París







Nota previa:
Hace algún tiempo me planteé hacer un cambio en mi blog, un break, un rompimiento con la línea que hasta el presente he seguido. La valoración de esa posibilidad surgió de los comentarios acertados que una persona, desde hacía tiempo y desde el otro lado del océano Atlántico, apostillaba en mi blog. Esa persona, es mi amiga argentina Josefina Basualdo. [1] Sus aportes y sugerencias eran tan excepcionalmente enriquecedores que me hicieron pensar en una posible colaboración, de tal forma que se lo ofrecí sin saber de qué forma podíamos hacerlo. Pretendía una coparticipación en un mismo tema, procurando que nuestras afinidades quedaran plasmadas en el escrito. Se lo hice saber de una forma abierta y pública en respuesta a sus palabras en mi otro escrito: "Amar a un ruiseñor"

Esa idea primigenia fue anidando y adquiriendo consistencia, de tal forma que Josefina aceptó la idea, expresada también en "Amar a un ruiseñor" y —tal como ella misma expresa en un comentario al final de ese escrito a dos manos—, es la persona que me acompaña en esta historia firmando ambos como Eva & Adán.

La idea surgió sin darnos cuenta a través de escritos personales, fue precisamente, al valorar que en uno de esos escritos, teníamos contenido suficiente para esbozar la idea de un relato efectuado por ambas orillas del océano Atlántico, nos dimos cuenta que, lo que contábamos en esa correspondencia, era un punto de partida para escribir una historia con el aporte de ambos. En esa relación se fue dibujando, tomando forma en el escrito que hoy publicamos. Ese relato ya tiene título, convenimos que el nombre debía definir la historia y, después de barajar entre varios, decidimos que sea el siguiente: Eva & Adán, 24 horas en París.

Para mí es una satisfacción darlo a la luz precisamente cuando mi blog acaba de alcanzar las CINCUENTA MIL visitas. La historia que publico en el día de hoy, obedece a ese reto formulado por dos personas afines, —dos amigos epistolares— una nueva experiencia a desarrollar y plasmar en palabras, un relato con dos sensibilidades distintas —la de mujer y la de hombre—, pero que están fundidas y representadas en los personajes de la historia. Somos dos personas con afinidades y acordes en muchas cosas, pero con caracteres distintos, siendo esa desigualdad precisamente un potenciador de nuestro escrito. Ubicados a más de doce mil kilómetros de distancia, el uno del otro, ambos hemos hecho el esfuerzo común de aportar nuestra esencia en una historia que básicamente es fruto de nuestra imaginación, con la paradoja, no exenta de alguna sorpresa para nosotros mismos, que en el tiempo justo se revelará, ya que forma parte de la historia.
© Lluís Busom i Femenia


[1] Nota al mes de enero 2016 
Lamentablemente Josefina Basualdo falleció el pasado 16 de Diciembre del 2015, fue la más triste de las noticias recibida a través de las redes sociales. Mi más profundo pésame a su familia, en particular, a su hija Nuria y amigos por tan sensible pérdida. Mi dolor está muy presente, mi afecto y consideración personal permanecerán inalterables. 

Gracias a ti, Josefina por tus amables puntualizaciones y aportes enriquecedores y, porque no decirlo ya abiertamente, por los años que hemos compartido ese millar de escritos. Las complicidades en las redes sociales y, como los buenos pilotos de aviones transoceánicos, por las 2.000 horas de vuelo telefónico que nos dimos; tiempo vivido a hurtadillas, robando tiempo y sueños como los niños que éramos y, lo éramos por convicción. Unos años de intensa felicidad culminados por los pocos días que tuvimos para conocernos. Días intensos para recorrer, milímetro a milímetro, todos los rincones de nuestra piel soñada en mil aventuras virtuales. De los besos y caricias acompañadas de las palabras de afecto nacidas mirándonos a los ojos. Bendita proximidad fundida en un abrazo eterno. Toda una vida condensada en palabras, en amor correspondido, en abrazos interminables, complicidades y esperanzas; risas y llantos, unos de placer llenos de sentimientos desbocados y otros, por los tiempos tristes que nos tocó vivir y que, ahora con tu ausencia, los noto a faltar y mucho!

 François Vallaeys:
“Los cuentos no están hechos para dormir a los niños, sino para despertar a los adultos” 
En un inicio al acordar, entre nosotros, la construcción de esta historia imaginaria de un tiempo pasado sin determinarlo, convenimos y consensuamos, que la ciudad debía ser París. No conociéndonos demasiado, sin embargo, teníamos la coincidencia de haber realizado nuestro primer viaje al extranjero a dicha ciudad. Sin duda, la estancia de Eva fue programada con precisión para poder embeberse a conciencia de la cultura francesa y, por supuesto, de todo lo que encierra diversión y espectáculos que se pueden disfrutar en París. No fue el caso de Adán ya que su viaje fue de trabajo.

Quién no creyó alguna vez haber vivido —como propia— una historia inspirada en los libros de nuestra adolescencia, narraciones que nos colmaron de fantásticas ilusiones, donde sin apenas esfuerzo, nuestra imaginación nos convertía en protagonistas de los argumentos creados por notables escritores. No somos pocos, quienes recordamos con gran placer aquellos viajes en las calesitas o carruseles de nuestros barrios. Era toda una aventura montar en sus caballitos de madera y asidos fuertemente disfrutar de su galope simulado. Paseos que nos hicieron sentir que no cabalgábamos solos por esas hermosas praderas imaginarias, ya que en el lomo de nuestro caballo teníamos sujeta por la cintura a nuestro primer amor... En ese mundo mágico del parque de atracciones nos convertíamos como por arte de magia en viajeros con un destino de privilegio.

Este pequeño relato es un experimento sensorial para poder describir con apasionamiento y, con los ojos de otra persona, una vivencia compartida. Es un relato a dos manos, pero fundamentalmente es un escrito con dos corazones, una fabulación que se ha desarrollado desde lo afectivo, en una deseada relación epistolar que de forma espontánea se fue construyendo. Una vivencia con un nexo entre los sentimientos y los cinco sentidos de dos personas: Eva y Adán. Ambos coincidimos en que lo importante es aprovechar cada momento ya que la vida está en los ojos de quien sabe ver.


Esta historia pretérita, se inicia en un tiempo indeterminado, en el preciso momento en que algunas personas damos el primer paso importante de nuestra vida. Todo comienza cuando Eva deja por primera vez su país, la Argentina natal, para visitar París lo que para ella representa el corazón de la vieja, lejana y tan deseada Europa. En su equipaje llevaba todo lo que le era esencial, el conocimiento de la literatura y de las bellas artes francesas y, uno de los libros relevantes de Simone de Beauvoir, de donde toma para siempre el pensamiento de la escritora: "No se nace mujer, se llega a serlo", siendo su emblema personal la demostración de esta teoría: no es la genética, sino la educación y la socialización, las que forman a las mujeres.

Para Adán, proveniente de Barcelona, también era su primer viaje al extranjero y lo hizo para atender un prometedor encargo profesional. Sus conocimientos sobre el diseño industrial fueron los que le llevaron a París y, lo que en un principio había de ser únicamente trabajo, el destino lo modificó, haciéndole vivir una historia afectiva que no formaba parte de su proyecto laboral.

En ese viaje para Eva, su propósito esencial, fue empaparse de todo lo que sus ojos y sentidos pudieran captar del anhelado mundo parisino. Sabía que contaba con algunas ventajas, su segunda lengua, el francés, sus conocimientos de modismos, de giros lingüísticos, de canciones galas, todo enriquecido gracias al aporte de un trato frecuente con amigos franceses. Allí está Eva, esa deliciosa y joven mujer vestida como una auténtica francesita, con un abrigo y una boina ladeada, de un color, que hoy podríamos definir como rosa Dior.


En sus paseos por la ‘Ville lumière’, la ciudad de los treinta y siete puentes y cuatro pasarelas, Eva en un atardecer otoñal se acercó a Montparnasse, descubriendo una bulliciosa y sorprendente calesita, un carrusel en el que su propietario supo plasmar una decoración maravillosamente singular. En cada giro del carrusel desfilaban, delante de los ojos sorprendidos de Eva, representaciones de imágenes de aquellos libros tantas veces releídos y atesorados en su adolescencia.


Ese calidoscopio de recuerdos juveniles, provocó "le coupe de foudre", Eva se enamoró de "le manège des impressionnistes", así se le denomina a esa calesita o carrusel emplazado al pie de la omnipresente Tour Montparnasse; ni Eva, ni los niños, ni los adultos que compartían la fiesta del carrusel, reparaban en la gigantesca estructura, todos de diferente manera gozaban de la magia que envolvía el lugar, sobretodo nuestra Eva, espectadora deslumbrada por la visión evocadora de un tiempo joven y feliz, ya pasado.


El destino le tenía preparada una sorpresa a nuestro Adán quien cambió su recorrido habitual atraído por el espectáculo festivo de “le manège des impressionnistes”  deteniéndose con la mirada en cada uno de los habitáculos del carrusel, desde donde los viajeros irradiaban felicidad, pero su atención se desvió para fijarse en una mujer que estaba absorta gozando ante los detalles pictóricos del carrusel, Adán con aire despreocupado se acercó a Eva. La música y las luces de la calesita en cada uno de sus giros simulaban pinceladas multicolor, haces de luz musicales en movimiento que rodearon a la pareja que se habló por primera vez. 

  
Los giros, la música y la juventud les ayudaron a formar un cuadro envolvente de simpatía y de atracción mutua. Todo era asombrosamente brillante, la pianola de feria, la canción inolvidable de Édith Piaf “Mon manège à moi”, las luces de mil colores, las réplicas de los impresionistas.

Su canción:  Mon manège à moi



Eva extasiada por las cabinas de feria donde los niños viajaban, girando sobre la plataforma en movimiento, fue descubriendo la cabina del Nautilus, de Jules Verne; la cápsula misil, del viaje "De la tierra a la luna", del mismo autor; el avión de nombre "El Principito", evocando al que hoy, el escritor Saint-Éxupery debe estar pilotando entre las nubes de la eternidad; hasta un pequeño tranvía réplica de aquellos que unían Montmartre a Montparnasse y que eran los usados por los pintores de la bohemia francesa de aquellos tiempos.







  
Esa encantadora mujer sedujo al elegante, alto y joven Adán que, en ese día gris e inestable de otoño, vestía una gabardina a lo Humprey Bogart. Sólo bastó un cruce de miradas para que los dos supieran que se habían gustado. Adán puso en marcha su plan de conquista y Eva aceptó complacida las galanterías y la invitación a montar en el caballito del carrusel. Eva ayudada por Adán montó sobre el lomo de Abo Volo, ese gran caballo de trote, ganador de decenas de carreras y, mientras cabalgaba, sus ojos curiosos descubrían reproducciones de los pintores impresionistas.


A su lado, Adán montaba sobre el lomo blanco de otro caballo e intentaba captar su atención. La pareja se recreaba con las copias que giran en el centro del carrusel, en ese lugar que es el corazón de la calesita y donde desfilan obras: de Monet, los nenúfares; de Renoir, el columpio; de Van Gogh, los lirios, entre otras copias de estos pintores.   


El trote ficticio hizo que sus manos se unieran, que sus ojos se volvieran a encontrar y el inicio del romance no tuvo retorno. Cuando el carrusel se detuvo Adán ayudó a desmontar a Eva y en ese instante de aproximación sus labios se encontraron. Sin casi cruzar palabra Eva y Adán tomados de la mano se alejaron del carrusel y caminaron en dirección al Boulevard de Montparnasse, paseo en el que se encuentran una gran cantidad de excelentes y reconocidos restaurants: entre otros, La Rotonde, y el atrayente La Coupole que, con su marquesina roja y sus rótulos luminosos, eran una verdadera sugerencia a entrar. Adán invitó a su acompañante a cenar en el restaurant de La Coupole, un local fabuloso que ellos mismos lo definen como “La Merveille Art Déco du Montparnasse”.


En la Coupole desde que se inauguró en 1927 como bar y, poco después, reconvertido en un excelente restaurant, han celebrado en sus mesas los más insignes personajes de todo el mundo: James Joyce, Henry Miller, Hemingway, Ava Gardner, Picasso, Matisse, Klein, Josephine Baker y un largo etcétera.


En mayo de 1968, Cohn-Bendit (Daniel el Rojo) se subió encima de una mesa y Serge Gainsbourg acompañado de su esposa y cantante Jane Birkin celebraron su éxito más famoso, la canción: “Je t'aime... moi non plus” (Yo te quiero... yo tampoco). La gran mayoría de sus mesas encierran leyendas, como la mesa 73 en la que Marc Chagall el pintor francés de origen bielorruso celebró en 1984 su último cumpleaños, o François Miterrand en el año 1995 pidió su última comida en la mesa 82, un curry de cordero. 



Eva aceptó con la condición de elegir el vino, Adán, dibujo en su rostro una sonrisa de aceptación y, abriendo la puerta del restaurant, la ayudó a entrar, se acomodaron frente a frente en una mesa de un rincón íntimo del local; tuvieron suerte, a esa hora aún estaba libre una de las mesas famosas y míticas, la table 149 d’Albert Camus, la mesa en que, en el año 1957, el autor de “l’Etranger” celebró la concesión del premio Nobel de Literatura.

  
El espectáculo de la cocina era soberbio, los vegetales, los pescados, los mariscos y las carnes expuestas con gusto apetecible, eran uno de los mayores reclamos de los comensales. Eva explicó que, sin ser una sommelière, es decir, una experta catadora de vinos, tuvo a alguien en su vida que le inició en la apreciación de los buenos caldos, ese aprendizaje ahora le permitía, valorar y paladear, con algo de experiencia un buen vino. Con la carta en la mano, ambos eligieron una salade d'endives au roquefort y un filet Mignon au poivre avec Foie Gras chaud de canard, du Périgord, plato favorito de Adán. Eva eligió de la carta de vinos, un tinto Pétrus, un Bordeaux de la región vitícola du Pomerol. La conversación fue distendida, amena y afectiva, siempre una buena mesa hace que las personas se desinhiban y es cómplice de las aventuras más extraordinarias. Risas y mucha felicidad presidieron ese par de horas en las que compartieron experiencias vividas, preguntas, respuestas y mucho afecto.

Adán, sin duda nuestra elección, La Coupole, es el escenario perfecto para sentir que, a pesar de las pocas horas que llevamos juntos, es como si nos conociéramos de toda la vida, además eso de que te llames Adán y yo, Eva parece como si el destino nos hubiese marcado el encuentro, no sé, tal vez, como si estuviéramos viviendo estas horas en nuestro Paraíso.

—Es verdad Eva, nuestros nombres parecen predestinados a encontrarse, como sí alguien que está por encima de nosotros moviera unos hilos para que nos acercáramos al árbol del Edén y, esos hilos se movieran para que ambos convergiéramos en Montparnasse, en este pequeño paraíso, aunque yo tengo una opinión sobre la manzana, que tú Eva, posiblemente no compartas…

—¿Cuál es tu opinión sobre el fruto prohibido?

—Opino que Eva mordió la manzana por amor al conocimiento, para apreciar y distinguir entre lo bueno y lo malo.

—Entonces, ¿Adán qué rol desempeñaría en un posible paraíso?

—Adán como buen representante de su género no lo hizo por curiosidad, lo hizo por arrojo, por entrega. Adán mordió la manzana porque Eva se lo pidió, asegurándole que el paraíso se encuentra en la realización de los deseos.

—¡Genial, Adán! Tal cual lo has definido, la curiosidad en la mujer es más una cualidad que un defecto!

A los postres el maître les recomendó una tulipa de litchis —un fruto exótico oriental— que también se le conoce como la ciruela china, decorada con nata, virutas de chocolate y salpicado con nueces. Un postre exquisito que, acompañado con un par de copas de champagne Veuve Cliquot Grande Dame, dieron a la cena el mejor final.


La seducción apareció como un fuerte latigazo, ambos estaban perdidamente enamorados. Después de la cena Adán le propuso a Eva que le acompañase a su buhardilla de Montparnasse en la que desde la ventana, se podía apreciar a través de la “mansarde” una de las mejores vistas de París. La aceptación fue sellada con un beso que dio origen a una gran noche de amor, beso que tuvo como único testigo el cielo plomizo de Montparnasse y luego las acogedoras paredes de la buhardilla, donde Adán ante la desnudez espléndida de Eva, expresó con vehemencia: ¡Quiero vivirte en exceso! ¡Quiero beberme el océano de tu cuerpo! Una inmensa ola de caricias les cubrió y dos impetuosas almas se fusionaron sumergiéndose en el abismo de los sentidos. Fue un tiempo vivido maravilloso, fue su paraíso parisino durante unas horas inolvidables.


“La realidad, como siempre, supera a la ficción”
Para nosotros, quienes escribimos este relato, grande fue la sorpresa al darnos cuenta que la historia imaginada era, por su contenido, un momento ya pasado de nuestras vidas y que, aquellos jóvenes en apariencia protagonistas de ficción de nuestro relato, no lo son, somos en realidad nosotros mismos, esos dos extranjeros que en Paris el azar les llevó a encontrarse desconociendo sus nombres verdaderos —¡esos personajes de ficción somos nosotros!—, ahora nos miramos conmovidos y empezamos a relatar aquello que habíamos vivido y que ya formaba parte de algo casi olvidado. 

Los recuerdos afloran a borbotones, poco a poco, aparecen agolpándose imágenes que teníamos casi olvidadas; nos damos ánimos para seguir explorando nuestros recuerdos que nos aproximan cada vez más —percibiendo en la distancia— el calor afectivo de aquel año ya tan lejano. Recordamos e intercambiamos impresiones, pinceladas de vida donde los trazos y los colores se fusionan dando forma a un momento inolvidable, un encuentro sublime. Recordar esas 24 horas vividas en París es volver a pasar las secuencias llenas de sentimientos por nuestros corazones y hacer desfilar por nuestras mentes, las vivencias de unas horas maravillosas.


Confirmar lo relatado como una vivencia propia, nos obliga a vernos en dos planos temporales, el intangible ayer y el contundente hoy. Sin duda, los años nos han cambiado, ya no somos aquellos impulsivos jóvenes que deseaban tragar la vida de un solo sorbo, ahora tenemos lo que antes no teníamos, la experiencia y la sabiduría para emplearla, actualmente somos mejores. Al darnos cuenta de que la historia que estábamos construyendo es nuestra propia experiencia ya vivida, esas jóvenes imágenes del pasado se valoran con la sabiduría que sólo otorga la madurez y, al reflexionar, descubrimos que ya viejos, cuando creemos no tener nada, es cuando más tenemos; es el tiempo donde las ataduras pueden cortarse sin causar daño, es el tiempo donde no se pide permiso para vivir la libertad que nos pertenece, es el tiempo de privilegiar la elección a la obligación, es el tiempo de darse cuenta que queda poco tiempo.

En el pasado no existieron planes ni promesas a futuro, entendíamos que los momentos mágicos debían vivirse a corazón abierto, en el presente aún continuamos creyendo en lo mismo. Saborear con intensidad el día a día, extraer la esencia, lo primordial, continuar sin cese navegando en las palabras, perdiéndonos en el poco conocimiento de nuestro pasado y encontrándonos en el vasto de nuestro presente. Caminar buscándonos en cada escrito, seduciéndonos con las palabras, deseándonos con el pensamiento, necesitándonos el uno al otro cada día, como si se tratara del día final, del último día de nuestras vidas!

Es extraño, pero cierto, pues la verdad es siempre extraña, más extraña que la ficción. [Lord Byron · Don Juan (Canto 14) 1819]

Eva y Adán
Sí en un tiempo fuimos Eva y Adán, ahora con más razón lo seguimos siendo.


Albert Camus:
Fragmento del discurso de aceptación Nobel de Literatura, año 1957
(...) Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he puesto ese arte por encima de cualquier cosa. Por el contrario, si me es necesario es porque no me separa de nadie, y me permite vivir, tal como soy, a la par de todos. A mi ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes. Obliga, pues, al artista a no aislarse; le somete a la verdad, a la más humilde y más universal. Y aquellos que muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia más que confesando su semejanza con todos.

(...) El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo hacia los demás, equidistante entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso, los verdaderos artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar. Y si han de tomar partido en este mundo, sólo puede ser por una sociedad en la que, según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual. 

(...) me siento más libre para destacar, al concluir, la magnitud y generosidad de la distinción que acabáis de hacerme. Más libre también para decir que quisiera recibirla como homenaje rendido a todos los que, participando el mismo combate, no han recibido privilegio alguno y sí, en cambio, han conocido desgracias y persecuciones. Sólo me falta dar las gracias, desde el fondo de mi corazón, y hacer públicamente, en señal personal de gratitud, la misma y vieja promesa de fidelidad que cada verdadero artista se hace a si mismo, silenciosamente, todos los días.

Texto íntegro discurso en castellano y francés aceptación Nobel Albert Camus

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